Súbitamente me han atacado. De improvisto las fauces grotescas de la dominación irrisoria se abren ante mí y divagan en recuerdos obsoletos de lejanos tiempos (¡como pasa el tiempo mi querido Clark!). Me sucede cada vez que nado en estas frías aguas; cuando llego por accidente a lugares inhóspitos y no tanto. Explorando galaxias de letras y personajes sin rombre ni nostro. Me atraen, me contagian, me sintonizan, me energizan, me contentan, me llenan, me animan, incluso creo que me dan amor indirectamente de lo a que su objetivo refiera. No importa, cada uno hace de uno lo que uno quiere y no lo que otros quieren. Cada uno toma las cosas por donde le place tomarlas, así no nos cortamos por la misma punta y nos infectamos todos cual enfermedad viral de transmisión circunstancialmente no viral.
Recuerdo entonces los días anteriores a éste y me descompongo en vergüenzas que otrora eran proeza de mi vida, mis hábitos y mi pseudohabilidad y talento para no hacer nada más que sentarme a esperar que los gorriones entren por la ventana de atrás y caigan admirados por voces que dictan asombro. Me veo entonces recluido es un espasmo aleatorio que no corre con ningún viento y que encuentra el calmo control en la serenidad y el desahogo de dedos cayendo como robustas dagas sin filo. Me enfrento a la ociocidad que inocula mis tardes de vida y arrepiente mis noches de ingrato desvelo cuando no previsible.
Parezco amar sin desdén alguno el pasado sembrado en el camino sinuoso de mi línea de vida histórica y me pongo a proyectar en realidades virtuales lo que incendie mi consciencia. Hago homenajes que pretenden superarlos, pretenden olvidarlos y pensar que estamos bien con el parpadeo azul del ratón a cables pelados.
Y si bien soy de la escuela del remate, no busco forzar en absoluto mi consciencia, más bien anhelo una aparición sin precedentes o al menos una que incorpore la excusa perfecta para volver a mis raíces cuánticas de abrirme la tapa de los sesos y hurgar por un poco de queso.
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