lunes, 25 de febrero de 2013

Todo tiempo pasado fue rarísimo

     Súbitamente me han atacado. De improvisto las fauces grotescas de la dominación irrisoria se abren ante mí y divagan en recuerdos obsoletos de lejanos tiempos (¡como pasa el tiempo mi querido Clark!). Me sucede cada vez que nado en estas frías aguas; cuando llego por accidente a lugares inhóspitos y no tanto. Explorando galaxias de letras y personajes sin rombre ni nostro. Me atraen, me contagian, me sintonizan, me energizan, me contentan, me llenan, me animan, incluso creo que me dan amor indirectamente de lo a que su objetivo refiera. No importa, cada uno hace de uno lo que uno quiere y no lo que otros quieren. Cada uno toma las cosas por donde le place tomarlas, así no nos cortamos por la misma punta y nos infectamos todos cual enfermedad viral de transmisión circunstancialmente no viral.
     Recuerdo entonces los días anteriores a éste y me descompongo en vergüenzas que otrora eran proeza de mi vida, mis hábitos y mi pseudohabilidad y talento para no hacer nada más que sentarme a esperar que los gorriones entren por la ventana de atrás y caigan admirados por voces que dictan asombro. Me veo entonces recluido es un espasmo aleatorio que no corre con ningún viento y que encuentra el calmo control en la serenidad y el desahogo de dedos cayendo como robustas dagas sin filo. Me enfrento a la ociocidad que inocula mis tardes de vida y arrepiente mis noches de ingrato desvelo cuando no previsible.
     Parezco amar sin desdén alguno el pasado sembrado en el camino sinuoso de mi línea de vida histórica y me pongo a proyectar en realidades virtuales lo que incendie mi consciencia. Hago homenajes que pretenden superarlos, pretenden olvidarlos y pensar que estamos bien con el parpadeo azul del ratón a cables pelados.
     Y si bien soy de la escuela del remate, no busco forzar en absoluto mi consciencia, más bien anhelo una aparición sin precedentes o al menos una que incorpore la excusa perfecta para volver a mis raíces cuánticas de abrirme la tapa de los sesos y hurgar por un poco de queso.

sábado, 16 de febrero de 2013

Persona non grata

   Me parece haber visto tu cara antes por aquí. Decía algo así como "no te quiero, no te veo". Respondía igual y pasaron los días.
   En casa 3 se tapó el inodoro. Alicia se ahogó en la mugre de muchos. Pocos contuvieron sus risas. Pero eso no importa, me preocupa, en cambio, tu falta de atención. ¿Deberé acaso saltar como un loco, jugar con las serpentinas?
   Dime cualquier estupidez y sin duda obedeceré. Dime algo inteligente y lo echaré a perder.

—Carpeta de presentación.

   ¡Ajá! Te atrapé, criminal. A parar a prisión irás, sin goce de sueldo. No habrán pasteles, ni tampoco Alicias. Tu compañero de celda será la soledad, y la vanidad rondará en los pasillos vendados de metal. ¿Pero qué dices? Agitas tu boca altanera y pretendes que escuche sin saber. Tu falta de consideración me perturba. Ipso facto me iré sino te calmas.

—Son 3.75.

   Tu estupidez es ampliamente sorprendente. No sólo acusas a tu falta de inteligencia con la más simple de las serenidades, sino que para el colmo de los colmos, alardeas en ese odioso sistema alfanúmerico que se parece más a un engendro repugnante, que a un amigo cachetón. No me agradas, he de confesar al fin. Espero no te moleste mi opinión personal, no obstante, tu imbecibilidad es tal que asusta al más osado de los Titanes.

—El cambio. Gracias. Chau.

   La facilidad para cambiar de tema denota en tu espíritu sin gracia de juego. ¿Qué es eso de cambiar de tema, agradecer y finalmente despedirse sin decir ni mu ni ma? Deberías avergonzarte y lamentarte por tal aberrante fechoría conversacional. Me sorprende que hasta el día de hoy se me obligue a hablar con gente como tú. Señor mío, es una vergüenza para la raza humana.
   ¡Un poco más de sensatez no hace mal! Consejo de amigo y por lo visto, próximo enemigo.

—Vuelva pronto. Estaré aquí si necesita algo más.

   Por supuesto que estarás, pero no me verás en tu puta vida de gordas proporciones. Gusano analfabeto.

—Bueno, yo me voy a comer algo. El próximo que venga, lo atendés vos. ¿Puedo contar con vos?
—Por supuesto, papá.
—Recorda tratarlos con amabilidad y una sonrisa en el rostro.
—Confiá en mí.
—Bien. Me voy.






...






—Hola.
—Chau.

   Jajaja. Soy un genio.

Fino tacto

Tu cuestionamiento me parece más bien risible
Deberías en cambio, modificarlo y correr
No es algo impuro el pensarlo
Acaso hacerlo es mejor
Estaré esperando el ocaso
Viendo tu estela de luz embarrarse en la lejanía
Despidiendo las colillas sobrantes
Vibrando con el viento que ofrezca el día
Con un par de lentes de agua
Llorando lágrimas que no son mías
Serpenteando salados caminos
 De la más fina seda
Atestiguando la falta de pudor al decirte nada
Mas no mires atrás
Estaré ocupado en asuntos inútiles
Cargando objetos de gran calibre
Ríendo como un desposeído
Disfrutando la perturbación del ahora
La locura del espectáculo
La verborragia inútil
Cambiando mis soles por la oscuridad del vidrio
Olvidando mi naturaleza
Eyectando fuego en cápsulas doradas
Chispazos del sádico placer
Abriendo la puerta
Volviendo al verde animal
Tomando en copas de sangre
Diciendote adiós, buenos días
Si la casa invita
De nuevo te digo hola, que andás haciendo por acá
Mientras tanto el demonio libre nos inhibe
Nos atrae
Y no hay vuelta atrás
Oh, no
No hay vuelta atrás.

jueves, 7 de febrero de 2013

Me saltó la loca y ahora ando editando cuentos por ahí



Primer encuentro (original)
Álvaro Menén Desleal

No hubo explosión alguna. Se encendieron, simplemente, los retrocohetes, y la nave se acercó a la superficie del planeta. Se apagaron los retrocohetes y la nave, entre polvo y gases, con suavidad poderosa, se posó.
Fue todo.
Se sabía que vendrían. Nadie había dicho cuándo; pero la visita de habitantes de otros mundos era inminente. Así, pues, no fue para él una sorpresa total. Es más, había sido entrenado, como todos para recibirlos. "Debemos estar preparados –le instruyeron en el Comité Cívico–; un día de estos (mañana, hoy mismo...), pueden descender de sus naves. De lo que ocurra en los primeros minutos del encuentro dependerá la dirección de las futuras relaciones interespaciales. Y quizá nuestra supervivencia. Por eso, cada uno de nosotros debe ser embajador dotado del más fino tacto, de la más cortés de las diplomacias".
Por eso caminó sin titubear el medio kilómetro necesario para llegar hasta la nave. El polvo que los retrocohetes había levantado le molestó un tanto; pero se acercó sin temor alguno, y sin temor alguno se dispuso a esperar la salida de los lejanos visitantes, preocupado únicamente por hacer de aquel primer encuentro un trance grato para dos planetas, un paso agradable y placentero.
Al pie de la nave pasó un rato de espera, la vista fija en el metal dorado que el sol hacía destellar con reflejos que le herían los ojos; pero ni por eso parpadeó.
Luego se abrió la escotilla, por la que se proyectó sin tardanza una estilizada escala de acceso.
No se movió de su sitio, pues temía que cualquier movimiento suyo, por inocente que fuera, lo interpretaran los visitantes como un gesto hostil. Hasta se alegró de no llevar sus armas consigo.
Lentamente, oteando, comenzó a insinuarse, al fondo de la escotilla, una figura.
Cuando la figura se acercó a la escala para bajar, la luz del Sol le pegó de lleno. Se hizo entonces evidente su horrorosa, su espantosa forma.
Por eso, él no pudo reprimir un grito de terror.
Con todo, hizo un esfuerzo supremo y esperó, fijo en su sitio, el corazón al galope.
La figura bajó hasta el pie de la nave, y se detuvo frente a él, a unos pasos de distancia.
Pero él corrió entonces. Corrió, corrió y corrió. Corrió hasta avisar a todos, para que prepararan sus armas, no iban a dar la bienvenida a un ser con dos piernas, dos brazos, dos ojos, una cabeza, una boca.






        Primer encuentro
(final alternativo)
Álvaro Menén Desleal

No hubo explosión alguna. Se encendieron, simplemente, los retrocohetes, y la nave se acercó a la superficie del planeta. Se apagaron los retrocohetes y la nave, entre polvo y gases, con suavidad poderosa, se posó.
Fue todo.
Se sabía que vendrían. Nadie había dicho cuándo; pero la visita de habitantes de otros mundos era inminente. Así, pues, no fue para él una sorpresa total. Es más, había sido entrenado, como todos para recibirlos. "Debemos estar preparados –le instruyeron en el Comité Cívico–; un día de estos (mañana, hoy mismo...), pueden descender de sus naves. De lo que ocurra en los primeros minutos del encuentro dependerá la dirección de las futuras relaciones interespaciales. Y quizá nuestra supervivencia. Por eso, cada uno de nosotros debe ser embajador dotado del más fino tacto, de la más cortés de las diplomacias".
Por eso caminó sin titubear el medio kilómetro necesario para llegar hasta la nave. El polvo que los retrocohetes había levantado le molestó un tanto; pero se acercó sin temor alguno, y sin temor alguno se dispuso a esperar la salida de los lejanos visitantes, preocupado únicamente por hacer de aquel primer encuentro un trance grato para dos planetas, un paso agradable y placentero.
Al pie de la nave pasó un rato de espera, la vista fija en el metal dorado que el sol hacía destellar con reflejos que le herían los ojos; pero ni por eso parpadeó.
Luego se abrió la escotilla, por la que se proyectó sin tardanza una estilizada escala de acceso.
No se movió de su sitio, pues temía que cualquier movimiento suyo, por inocente que fuera, lo interpretaran los visitantes como un gesto hostil. Hasta se alegró de no llevar sus armas consigo.
Lentamente, oteando, comenzó a insinuarse, al fondo de la escotilla, una figura.
Cuando ésta se acercó a la escala para bajar, la luz del Sol le pegó de lleno. Tanto, que los rayos solares dañaron la pobre visión del visitante, ocasionándole una póstuma caída por la escala, la cual preocupó un poco pero no demasiado; recordaba las largas charlas que se sucedían en el Centro Cívico, acerca de la inteligencia superior que se suponía los visitantes tendrían, además de un embriagador espíritu de paz y magnanimidad.
         Supuso entonces que el visitante entendería acerca del infortunado accidente y olvidaría rápidamente los golpes ocasionados por una luz que ahora mismo deseaba no existiera.
         El visitante se levantó exaltado y magullado por la aparatosa caída. Miró a su alrededor sin prestar demasiada atención al único miembro del improvisado comité de bienvenida, para luego dar media vuelta en tono despreocupado y perderse en los interiores de la dorada nave la cual encendía nuevamente los retrocohetes en plan de elevación fuera de cualquier vista posible.

Dos días después, el planeta yacía en ruinas y fuegos eternos como producto del intenso bombardeo de una multitud de acorazados dotados de armas de destrucción masiva.
La raza humana justificaría el incidente frente al Consejo Galáctico de Sistemas como “recibimiento inaceptable por parte de una especie a colonizar y reeducar en los valores civilizados de conducta y sumisión”.
De paso también justificarían la destrucción del sol Ethyios por broncear más de la cuenta.


martes, 5 de febrero de 2013

El amanecer de un inquieto sentimiento

   De cincuenta almas reunidas, Marcos, entre gritos y aplausos, padecía confuso y abatido ante miradas que no significaban, generalmente, nada para él. Un precavido plan de sosiego y atención desinteresada era todo lo que sus nerviosos huesos fallaban en transmitir a quienquiera, Marcos insistía en creer, estuviera observándolo a él. Justo a él. Él, que nada sabía de los demás y que los demás confundían con un colado a una fiesta de altos burgueses afrancesados de modales refinados y extentísimas capas de animales muertos en su haber. Él, justamente él, yacía virtualmente calmo y desdeñoso con su alrededor flotando en inmenso caos descontrolado y proclive a prolongados períodos de extrema sudoración y flagelos de calor que dejaban el mega perceptible rastro de rojez en sus pecosos cachetes inflamados de tanto flotar.
   Ante el ruido y la parlotería sin fin, se sintió obligado a cotorrear aunque fuera sólo un poco, ya saben, para pasar desapercibido en un estadio de observación del cual prefería quedar al margen de todo suceso desagradable -entiéndase por "desagradable" a todo aquel escenario de filosas miradas e incontrolables susurros por lo bajo-. Finalmente creyó convencer a los demás al efectuar un habla sin sonido, como una especie de mímica que tenía por protagonistas a un par de labios recalibrados en arduos debates de incierta índole. Luego repararía en la ausencia de personajes con los que hablar, y se sentiría un completo idiota a punto de ser tomado por loco. Rápidamente se le ocurrió una idea sagaz de la cual nadie sospecharía solitaria causa de abandono social.
   Tomó la cartuchera de cuero sintético negro azulado que su hermana le había prestado indefinidamente, extrajo de su interior un lápiz de prolija punta de grafito, lo dirigió al frente de su rostro, el cual se encontraba semejante al que con orgullo exhibe una importante victoria de alto contenido, y acto seguido le preguntó como estaba.
   La indiferencia de sus compañeros ante tal suceso le respondió, quizás, en forma de éxito, una enorme seguridad. Había burlado la soledad entre tanto mar desconocido.
—Y mal, sin filo para nada —le respondió algo cansado el lápiz.
Marcos pensó que era un chiste. Su propio lápiz le decía que estaba mal y sin filo para nada. Claramente había alguien delirando en esos momentos, a lo que Marcos continuó:
—Decís que estás sin filo y sin embargo reluciente se encuentra el grafito en tu cabeza. Un pinchazo en la piel, y moriría con total seguridad de envenenamiento de plomo.
—Sí, es cierto que una de mis cabezas tiene un filo de admirable confección, mas no mi otra cabeza que abajo reside solitaria, calva y sin vida de montaña.
—Oh, perdone usted.
Y Marcos buscó el sacapuntas, y en lo menos que gira Mercurio sobre su propio eje, el lápiz lucía con una sonrisa de vértice a vértice, una nueva punta, todavía más filosa y de extenso milimetraje.
—Gracias —agradeció algo divertido el ahora lápiz parlanchín.
—No hay de que —sentenció complaciente Marcos y volvió a guardar el lápiz en su cartuchera.

   El momento de icomodidad que causa la soledad en un lugar concurrido había sido dejado atrás gracias a la pericia y la soltura con la que sostuvo la breve conversación con su lápiz. Agradeció una vez más su vasta inteligencia improvisoria para no hacerse notar como un loco por hablar solo y le propuso al lápiz parlanchín de dos puntas y a toda su camada de amigos cartucheros utileros, la integración en su grupo de trabajo y estudio.
   Mientras todos comparecían con la persona que tenían al lado, Marcos ya planificaba, con la supervisación de la plasticola por supuesto, el método a utilizarse en el plan de investigación que la profesora a cargo había emitido en pos de un trabajo grupal con nota.
—Mirá, ya te ofrecí los dos caminos posibles a seguir, más no puedo hacer.
—Ya sé, ya sé, pero me siento algo inseguro.
—Bue, está bien. Si querés consultalo con los paspados de color, pero a mí no me jodas más.
—Pará, che. Tampoco es para que te pongas así.
—¿Me hablaban? —preguntaba algo fuera de foco la lapicera roja.
—No —respondía terminante Marcos.
—¿Entonces era a mí? —insistía con un poco más de confianza la lapicera verde.
—¡No!

   La vida seguía surcando el aire y las aspas no cesaban su dibujo eterno. La regla investigaba acerca de la obra de Alejandra Pizarnik, al tiempo que el transportador se deleitaba con los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós y la escuadra encontraba bastante hilarante el Gato Negro de Edgar Allan Poe. Una jocosa goma animaba el ambiente previniendo el famoso decaimiento estudiantil y numerosos fibrones cantaban improvisados sonetos de amor a los flacuchos y temerosos lápices de colores. De vez en cuando, una seria tijera china reestablecía el orden cuántico, pero duraba poco.
   Con el tiempo, útiles que no eran de su propiedad se sumarían al grupo de amigos. Marcos no pudo más con las pretensiones de lapiceras que nunca le terminaron por caer bien y abandonó sumido en broncas, el grupo de trabajo y estudio. El lápiz de dos puntas trató de hacerlo entrar en razón, pero ya era tarde, Marcos emprendía un vuelo sin retorno hacia un cielo de nubes donde, según cuenta algún que otro pajarito incauto y corajudo, él encontraría el amor bajo la mirada intermitente de un amanecer que se ponía y un ocaso que se iba.


   Y sí, ya sé lo que todos están pensando. El trabajo de investigación fue entregado lo mismo sin Marcos. La calificación fue un 10 con honores de curso y dedicación. El lápiz de dos puntas continuó su senda de estudios hasta egresarse, tres años más tarde. Actualmente forma parte de la comisión directiva de la Universidad Nacional de Córdoba, junto a su destacado equipo de trabajo conformado por la goma, el compás, la plasticola y el folio. Y Marcos, bueno Marcos, Marcos vive en una nube acolchonada, feliz y enamorado, pero a nadie le importa. Ni siquiera a él, acostumbran a decir las envidiosas lenguas a la vinagreta.