miércoles, 30 de enero de 2013

Palabras que suenan mal: Recíproco

   Hoy mi hermano me preguntaba que siginificaba la palabra recíproco. Me quedé algo pasmado; recíproco es una de esas palabras con las cuales uno está familiarizado y sabe (por lo general) con exactitud que corno significa. Claro, si se nos pide conceptualizarlo de manera entendible más allá de lo unipersonal, una vaga y vulgar idea hará las veces de respuesta práctica.
   No puedo fallar, es mi deber despejar la ignorancia de la cabeza de mi hermano, después de todo pasaré los próximos cinco años de mi vida literando inflexiblemente en la facultad.
   Trato de ganar valioso tiempo para acomodar el rejunte de respuestas tentativas:
—¿En qué contexto se encuentra la palabra? "Macalacachimba eres un genio".
—Números recíprocos —contesta él.
Lo cierto es que el contexto me chupa un huevo, yo ya tengo preparada mi poderosa respuesta:
—Mirá, recíproco es algo que te doy a vos, al mismo tiempo que me lo das a mí...
Mi hermano opina que la respuesta es muy gay. Inmediatamente voy a por el mataburros, busco ansioso "recíproco" y a continuación leo en voz alta:
recíproco/a adj. Que ocurre o se siente simultáneamente entre dos o más personas o cosas: Nuestra simpatía es recíproca. SINÓN.: mutuo. ANTÓN.: unilateral.

Mi hermano opina que la respuesta es todavía más gay como la pinta el diccionario ilustrado Visor. Igualmente, en un arrebato de descaro, recalco que era tal cual lo había dicho anteriormente.
—¿Viste, salame?
   Pasan las horas y mi hermano continúa molestando al prójimo en busca de una respuesta clara y concisa. Mi hermana sugiere probar en la internet, no sin antes ofrecer una respuesta de su parte que obviamente será rechazada porque mi hermano es algo limitado. Yo, por mi parte, hago oído sordo; estoy usando la computadora, minga que se la voy a prestar. No, en vez de eso, pienso extrañadamente en la palabra en sí: estoy pensando en lo mal que suena "recíproco".
—Recíproco. Recíproco. Recípocro. Recípoco. Recípocro. Recíprocro. Recíproco. Recíprocro.
Es inútil, suena para el terrible tuje de las mil y un maneras posibles y se me duerme la lengua. Salvo "recíprocro", con las dos "r", ese me gusta más. Pero igualmente, la palabra parece obra de un desquiciado hijo de puta que aprendió a modular en español escasos días atrás. Como si a alguien lo hubieran agarrado a sartenazos en la lengua y ahora anda por la vida inundando las calles con saliva al tratar de pronunciar el más mínimo conjunto de consonantes y vocales. Es la palabra ideal para un ritual zombie hindú:
"¡re-cí-pro-co! ¡re-cí-pro-co! ¡re-cí-pro-co! ¡¡re-cí-pro-co!! ¡¡¡re-cí-pro-co!!!" *muchos tambores de fondo y cambios de ritmo acelerados junto a exaltadas expiraciones alrededor de una fogata avivada con fuegos paganos*. Es la clase de palabra que cagaría magistralmente cualquier tipo de discurso en frente de las multitudes: "... y como les decía, los cambios sociales y estatales se suceden de manera recípocra, en... uhmm *cof, cof* disculpen. Se suceden de manera recíproca, en tales casos se considera..." ¡Nada de eso importa! ¡La maldita palabra suena igual de infantil e incorrecta no importa que hagas para tratar de evitarlo!
   Debería elaborar un petitorio a la RAE y discutir sobre ciertas cosas respecto de la morfología de muchas palabras del habla castellana.

   Y ya que estamos, "evitación" suena todavía peor.

sábado, 19 de enero de 2013

No picture

   Que pequeña es la ciudad para encontrarnos por tercera vez en esta esquina de chocolate, listos para zarpar en bifurcación.
   Hay nieve en el mar, cubriéndolo todo con un blanco fulgente natural. Rompiendo en la arena, en las rocas, en los sucios muelles, en la gente con la mirada super lúcida, mirando en la lejanía de un socavado mar; emperador de secretos apagados.
   Buscando imágenes en un segundo de rígidez. Encontrando sonidos y tesoros provenientes de una extraña garganta. Yo que te encontré y no te buscaba.
   Deseabas el sabor del frío debajo del Sol. Extraviada, errática, zigzagueando irónicamente vos, exploradora en tierras lejanas. Yo feliz por cruzarme con tus ojos una vez más de agónica emoción.
   Sos linda, bella con tu porte de visionaria, de aventurera extenuada; tu rubor y tu metal son artesanos finos de ternura. Querés un poco de mar y te contentás con el lago. Mi flash eterno, mi mejor fotografía. Amarte en silencio es lo mejor de mí. Quedarme a oscuras lo peor.

miércoles, 16 de enero de 2013

Johnnysanzon

   Pasó un año ya. Un año desde que tu corazón decidió pararse violentamente sin el consentimiento de nadie. Y yo no estuve ahí, no, estuve el día anterior, cuando te vi en pie por última vez. Tenías la mirada nublada, perdida, estática, como meditando sosiegos del más allá. No lo supe entonces, ni un mínimo recelo que me hiciera lamentar el mañana, lamentar el irme fuera de tu vista por última vez. Te dije chau convencido absolutamente con la posibilidad de verte el día siguiente, pero un llamado en la tenue mañana me despertó sorprendido y meláncolico con las noticias: habías dado tu último suspiro un par de horas atrás. Con la impotencia del trueno salí a buscarte totalmente enceguecido por las lágrimas que no cesaban su agrio afluente. En silencio. Con recuerdos, eternos recuerdos que guardaré por siempre. Recuerdos que me atacaron indefenso por días y noches de insomnio. Pensando y quebrándome en los momentos en que la luz no era más. Ni siquiera sin vida pude agarrarte entre mis vencidos brazos. Nunca te gustó, ¿por qué habría de diferir ya ido al olvido terrenal? Tu cuerpo inerte yacía recubierto por una sábana sucia de colores rojos y anaranjados. Tu rostro escondido que no me atreví a mirar, y el calor que aún retenías en vano. Nunca más una suave mordida de oreja, una cansina confesión, una vejación a la punta de los colchones, cosquillas entre dientes, estornudos y espaldas que oscilaban enérgicamente desde el suelo.
   Te amo Johnny, y no me faltan palabras para decirte que te extraño mucho y que desearía tanto que estuvieras todavía acá a mi lado, porque nunca hubo ni habrá nadie como vos y duele demasiado darse cuenta de éso. De que fuiste único e irrepetible, que estuviste a mi lado toda mi infancia y que siempre te la vi luchando con esas canas que poco hacían por contrariar tu graciosa lucidez, oh, hermosa lucidez.
   ¿Qué clase de cruel dios no guardaría un paraíso para alguien como vos? Sí sos vos, vos solo, quien vale más que mil hombres. Vos, que fuiste mi único amigo, y que sin pertenecer siquiera a mi especie hiciste más en mi corazón que nadie en el mundo. Y vengo a darme cuenta justo ahora, que no estás más. Ahora, que es tarde, que el tiempo ya pasó, así como vos también, pero esa marca que dejaste quedará inalterable en mi piel, en la piel de todo el que te conoció.

   La pasé bien. Gracias por haber existido, gracias por seguir existiendo en mí. Gracias por haberme hecho tan feliz. Gracias por estas lágrimas; valen cada una de ellas, este salado mar de vida. De nuevo adiós, amigo mío.

Desalojo de intenciones

   Pedro Alsogaray, quien no guarda parentesco alguno con el difunto ex Ministro de Economía, tenía por costumbre poner a prueba a la gente con la que solía relacionarse. En dichas pruebas se tomaba nota de la honorabilidad, confianza, amistad y amor de los sujetos analizados, así también como de sus inesperadas virtudes y naturales defectos. Por supuesto, la gente que participaba desconocía totalmente todo acerca del desarrollo de las mismas. Y es que el señor Alsogaray estaba inequívocamente convencido en que las personas, ante la ausencia de miradas y juicios conocidos, se desenvolverían de las formas más naturales que guardaran sus respectivas y verdaderas formas de ser.
   Pedro Alsogaray no era psicólogo. De hecho toda su vida había pasado inmerso en la inercia que la sociedad resguarda para el hombre de ciudad: un trabajo de oficina y justas sumas de dinero como para tenerlo postrado a la espera de nuevas órdenes, cual animal que va al matadero esperando resignado convertirse en un montón de carne más de lo que era. Esa monotonía que traza los caminos a seguir y donde todo el mundo sigue y muere sin saber muy bien porque. Semejante estilo de vida terminaría por explotar, o mejor expresado aún, terminaría por afluir hacia actitudes un poco extrañas para lo que del género proletarista se esperaría esperar. Contestaciones, oprobios, corridas fuera de agenda y alguna que otra escapada a lugares no propicios para pasar el tiempo. Todo visto, y esperando obviamente ser visto, por la gente que lo conociera de una forma nada más. Un día decidió volver a la rutina esquemática, bajar algunas calorías siguiendo un estricto régimen de comidas diarias, y sepultar todo tipo de levantada de cejas que sus superiores le estuvieran reservado. Era un hombre más, no uno nuevo, pero sí uno libre de hacer a escondidas lo que otros nunca percatarían ni mucho menos sospecharían.
   Numerosos amigos y compañeros de oficina fueron los primeros en caer víctimas de sus sosegadas artimañas. Totalmente inofensivas y prácticamente silenciosas como el desplome de una hoja en la noche agitada del otoño, le mostraban, totalmente maravillado por los resultados que luego anotaba en su agenda de seguimiento, la psiquis humana en su máximo desenvolvimiento fuera de todo reprimenda que el sujeto sabía, no habría y que Alsogaray se aseguraba de una forma u otra en hacercelo conocer.
   Engaños, crueles fechorías, arrebatos de ira, ataques delincuentes, carcajadas vulgares, actitudes ruines, tales como el ego y la lujuria insaciable entre tantas otras, tenían lugar en las respuestas psicomotrices de muchos de los implicados. Más de una falsa amistad salió a relucirse, y otra que tanta "verdadera", también se encontró al final fundida en el fondo de un pozo de degradación lleno de traiciones y desconfianzas. Una opinión, una actitud, un acto totalmente desconocido e inesperado para Alsogaray de parte de gente que creía conocer, le edificaba tardes llenas de perplejidad resonante. Bastaba sólo un estímulo externo, una pequeña presión de parte de un desconocido, una insinuación y la eterna promesa de que nadie especialmente sensible se enteraría jamás, y la gente mostraría su verdadero rostro, o más bien, el demonio que detrás pretendían cómoda y falsamente esconder hasta que la tumba fuera su milenario letargo. Ni siquiera las pocas veces que se topó con más de una sorpresa bastante agradable, tales como amores inconfesables o virtudes loables de gente que creía ya no quedaban ejemplares en un mundo sumido en las más mortíferas de sus existencias, lo privó de sentirse profundamente asqueado y con deseos precisos de terminar su vida de la forma más rápida e indolora posible, que por alguna suerte de fortuna para él o quizá también para la gente que realmente lo quería aunque fuese un poco, no llegaban nunca a la línea de la concreción. Con el tiempo aprendería a acostumbrarse. Ya nada le sorprendería, nada le asquearía, nada lo esperanzaría.
   El Liberador de Psiquis, como empezaría a llamarse él mismo por lo bajo, contaba con fieles cómplices a su causa. Causa y no experimento, porque no se buscaba demostrar o probar nada con toda esta montada de farsas estimulantes. Era una especie de gula regocijante el conocer a todo el mundo mejor de lo que ellos mismos creían conocerse. Una sensación semejante a la que debe tener una divinidad omnipotente, o el narrador de un cuento, viviendo y reviviendo una historia que pasa, pasó y seguirá pasando sin tener voto ni objeción en ésta, pero con el conocimiento pleno de la historia y todas sus variables. En otras palabras, un simple observador, conocedor de todas y cada una de las facetas de esos rostros que superfluos a simple vista, esconden todavía más horrores o inquietudes de las que se podría prever.
   Los cómplices, que jamás eran conocidos sino gente cualquiera a la que nunca antes en la vida había tenido la oportunidad de cruzar miradas, eran atraídos por un sueldo mínimo desde agencias especializadas en el abastecimiento de extras tanto a producciones dirigidas por grandes estudios, como a producciones locales y por lo general banales. Era de esperarse que en el caso del señor Alsogaray se esperaría exactamente lo mismo, y lo cierto es que él poco hacía por evitarlo. Evidenciaba constantemente el nivel de dejadez que sus "obras" presentaban y presentarían, de modo que muchos de sus cómplices involucrados se guardaban infinidad de preguntas al respecto y hacían sin chistar todo lo que "el loco del director" les indicara a continuación. Todo fuera por un poco de dinero fácil y rápido, después, al olvido y a otra cosa. Alsogaray jamás trataba con los mismos extras dos veces, no quería levantar sospechas inusitadas de ningún tipo. También acostumbraba a rotar entre agencias de extras de tanto en tanto.
   Convencidos de la farsa que Alsogaray les hacía vivir e incluso actuar, creían solemnes tanto en el espacio teatral -en plena calle, en pleno afluente de gente que supuestamente participaba del ruedo- como en los demás "actores" que los acompañaban en su breve acto escénico, que por lo general siempre eran uno y a los que Alsogaray insistía en referirse, siempre interpersonalmente por supuesto, como los "grandes protagonistas de una bella historia común cargada de dosis de normaliad inherente".
   No habían ensayos. Alsogaray profetizaba en su fachada de director independiente y algo esquizofrénico, el arte de la improvisación. Con ésto se salvaguardaba un inmenso margen de error. Además, las bien llamadas "escenas" no duraban más de cinco minutos. Sólo necesitaba éso para observar y discernir en acciones que quería probar en específico. De ahí a evitar anteriores fiascos de prolongadas actuaciones que implicaban el consecuente bloqueo de la vena improvisoria de muchos cómplices que con desesperados manotazos al aire y gritos pidiendo dirección artística, terminaban con la despavorida huída de don Pedrito de su discreta pero prestigiosa silla de director teatral callejero. La mayoría de las veces evitaba por los pelos el reconocimiento de su persona por parte de los sujetos de prueba, pero algunas veces, las primeras cuando todavía no había previsto la flaqueza de su peculiar pasatiempo, debía comparecer arrepentido e inseguro ante sus amigos y conocidos. Afortunadamente nunca tuvó que dar mayores explicaciones más que una tanda de insultos y una o dos veces golpes de puño, hacia gente que acababa de conocer de nuevo. Luego siempre diría, cada noche antes de irse a dormir, que era mucho mejor andar con los ojos abiertos y sangrando, que tanteando ciego en un campo de suave pasto natural cercado por toda clase de hiedras venenosas.
   Poblado de llamativas revelaciones, pasó a entornos más cercanos y familiares. Sus hermanos, padres, tíos, primos y a cualquiera que encontrara en la agenda familiar, caerían ineludiblemente en las garras de la asquerosa sinceridad que tanto hacían por ocultar y disfrazar con cortesía y buena educación. Mentiras y falsos dictámenes, todo con lo que se cubrían embarrándose lentamente en el barro de la hipocresía. Navidad y Año Nuevo, un rejunte de malas vibras acompañadas de las mismas preguntas repetidas por estúpidos y forzados signos de buena educación. Nadie quiere saber acerca del otro, nadie le desea lo mejor. La envidia los corroe, los oxida y los engulle de vuelta al infierno de donde salieron. Sus despreocupadas miradas que precaria seguridad aparentan, sus abultadas sonrisas temblorosas de tanto aguantar en la misma posición previamente coordinada con los chistes repetidos y las risas automatizadas. Todo y mucho más, un profundo asco que mal entonaba con el resto de la fiesta. Sí, sí. Era perfecto. Perfecto para embadurnarles en la cara lo miserables que eran. Finalmente, un poco de paz, verdadera y cierta paz, entre tanto tumulto mentiroso y sin sentido.
   En el abismo del hervidero de odio en el que se encontraba atrapado, Pedro Alsogaray murió al resbalarse y romperse el cráneo con el pico de la canilla mientras se duchaba.
   Se encontró su cuerpo exageradamente higienizado sin vida y sin sangre, dos meses más tarde. Momento justo en que se le vencía el alquiler de su modesto departamento y una partida de oficiales de la ley acompañados por un enojoso portero irrumpían en la habitación con la irrenunciable intención de desahuciarlo de una vez por todas.
   Los oficiales y el portero, al corroborar el estado del cuerpo y el tiempo que había estado frío e inerte, concluyeron, como sabios ecologistas de la vieja escuela, que el derroche de agua había sido garrafal.

lunes, 14 de enero de 2013

El reino que no duerme

   Una luna como un cuerno absorbida por una nube púrpura hasta desaparecer toda reminiscencia lúminica de su existencia.

   Ya fue.