martes, 5 de febrero de 2013

El amanecer de un inquieto sentimiento

   De cincuenta almas reunidas, Marcos, entre gritos y aplausos, padecía confuso y abatido ante miradas que no significaban, generalmente, nada para él. Un precavido plan de sosiego y atención desinteresada era todo lo que sus nerviosos huesos fallaban en transmitir a quienquiera, Marcos insistía en creer, estuviera observándolo a él. Justo a él. Él, que nada sabía de los demás y que los demás confundían con un colado a una fiesta de altos burgueses afrancesados de modales refinados y extentísimas capas de animales muertos en su haber. Él, justamente él, yacía virtualmente calmo y desdeñoso con su alrededor flotando en inmenso caos descontrolado y proclive a prolongados períodos de extrema sudoración y flagelos de calor que dejaban el mega perceptible rastro de rojez en sus pecosos cachetes inflamados de tanto flotar.
   Ante el ruido y la parlotería sin fin, se sintió obligado a cotorrear aunque fuera sólo un poco, ya saben, para pasar desapercibido en un estadio de observación del cual prefería quedar al margen de todo suceso desagradable -entiéndase por "desagradable" a todo aquel escenario de filosas miradas e incontrolables susurros por lo bajo-. Finalmente creyó convencer a los demás al efectuar un habla sin sonido, como una especie de mímica que tenía por protagonistas a un par de labios recalibrados en arduos debates de incierta índole. Luego repararía en la ausencia de personajes con los que hablar, y se sentiría un completo idiota a punto de ser tomado por loco. Rápidamente se le ocurrió una idea sagaz de la cual nadie sospecharía solitaria causa de abandono social.
   Tomó la cartuchera de cuero sintético negro azulado que su hermana le había prestado indefinidamente, extrajo de su interior un lápiz de prolija punta de grafito, lo dirigió al frente de su rostro, el cual se encontraba semejante al que con orgullo exhibe una importante victoria de alto contenido, y acto seguido le preguntó como estaba.
   La indiferencia de sus compañeros ante tal suceso le respondió, quizás, en forma de éxito, una enorme seguridad. Había burlado la soledad entre tanto mar desconocido.
—Y mal, sin filo para nada —le respondió algo cansado el lápiz.
Marcos pensó que era un chiste. Su propio lápiz le decía que estaba mal y sin filo para nada. Claramente había alguien delirando en esos momentos, a lo que Marcos continuó:
—Decís que estás sin filo y sin embargo reluciente se encuentra el grafito en tu cabeza. Un pinchazo en la piel, y moriría con total seguridad de envenenamiento de plomo.
—Sí, es cierto que una de mis cabezas tiene un filo de admirable confección, mas no mi otra cabeza que abajo reside solitaria, calva y sin vida de montaña.
—Oh, perdone usted.
Y Marcos buscó el sacapuntas, y en lo menos que gira Mercurio sobre su propio eje, el lápiz lucía con una sonrisa de vértice a vértice, una nueva punta, todavía más filosa y de extenso milimetraje.
—Gracias —agradeció algo divertido el ahora lápiz parlanchín.
—No hay de que —sentenció complaciente Marcos y volvió a guardar el lápiz en su cartuchera.

   El momento de icomodidad que causa la soledad en un lugar concurrido había sido dejado atrás gracias a la pericia y la soltura con la que sostuvo la breve conversación con su lápiz. Agradeció una vez más su vasta inteligencia improvisoria para no hacerse notar como un loco por hablar solo y le propuso al lápiz parlanchín de dos puntas y a toda su camada de amigos cartucheros utileros, la integración en su grupo de trabajo y estudio.
   Mientras todos comparecían con la persona que tenían al lado, Marcos ya planificaba, con la supervisación de la plasticola por supuesto, el método a utilizarse en el plan de investigación que la profesora a cargo había emitido en pos de un trabajo grupal con nota.
—Mirá, ya te ofrecí los dos caminos posibles a seguir, más no puedo hacer.
—Ya sé, ya sé, pero me siento algo inseguro.
—Bue, está bien. Si querés consultalo con los paspados de color, pero a mí no me jodas más.
—Pará, che. Tampoco es para que te pongas así.
—¿Me hablaban? —preguntaba algo fuera de foco la lapicera roja.
—No —respondía terminante Marcos.
—¿Entonces era a mí? —insistía con un poco más de confianza la lapicera verde.
—¡No!

   La vida seguía surcando el aire y las aspas no cesaban su dibujo eterno. La regla investigaba acerca de la obra de Alejandra Pizarnik, al tiempo que el transportador se deleitaba con los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós y la escuadra encontraba bastante hilarante el Gato Negro de Edgar Allan Poe. Una jocosa goma animaba el ambiente previniendo el famoso decaimiento estudiantil y numerosos fibrones cantaban improvisados sonetos de amor a los flacuchos y temerosos lápices de colores. De vez en cuando, una seria tijera china reestablecía el orden cuántico, pero duraba poco.
   Con el tiempo, útiles que no eran de su propiedad se sumarían al grupo de amigos. Marcos no pudo más con las pretensiones de lapiceras que nunca le terminaron por caer bien y abandonó sumido en broncas, el grupo de trabajo y estudio. El lápiz de dos puntas trató de hacerlo entrar en razón, pero ya era tarde, Marcos emprendía un vuelo sin retorno hacia un cielo de nubes donde, según cuenta algún que otro pajarito incauto y corajudo, él encontraría el amor bajo la mirada intermitente de un amanecer que se ponía y un ocaso que se iba.


   Y sí, ya sé lo que todos están pensando. El trabajo de investigación fue entregado lo mismo sin Marcos. La calificación fue un 10 con honores de curso y dedicación. El lápiz de dos puntas continuó su senda de estudios hasta egresarse, tres años más tarde. Actualmente forma parte de la comisión directiva de la Universidad Nacional de Córdoba, junto a su destacado equipo de trabajo conformado por la goma, el compás, la plasticola y el folio. Y Marcos, bueno Marcos, Marcos vive en una nube acolchonada, feliz y enamorado, pero a nadie le importa. Ni siquiera a él, acostumbran a decir las envidiosas lenguas a la vinagreta.

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